¿Diálogo?

miércoles, octubre 11, 2017


Artículo publicado en La Tercera de ABC el 4 de octubre de 2017

 

Claro que queremos diálogo, pero no como mantra. Queremos un diálogo productivo que necesita de orden, respeto y objetivos. Mi padre, aclamado como artífice del consenso –fruto principal del diálogo- señalaba que ese consenso solo se puede exigir en torno a una cosa: “la voluntad profunda de convivir en libertad”.

Cuando se quiebra la convivencia en libertad violando las leyes, rompiendo juramentos, traicionando los mandatos recibidos y utilizando los medios del Estado para alzarse contra él, solo cabe un diálogo: el que se debe dar entre los culpables de esas conductas con los jueces y fiscales. Ese es el primer diálogo que, los que defendemos la Constitución de la Concordia, reclamamos con todas nuestras fuerzas hoy. Ya se ha cometido un delito de sedición y se nos ha anunciado el de inminente rebelión.

Dicho esto, es exigible otro diálogo, si me apuran, más importante y, cuya ausencia, es la causa principal del sinsentido que estamos viviendo estos días. Me refiero al que se debe dar entre todos los partidos constitucionalistas para garantizar la convivencia en libertad. Lo digo sin ambages: la culpa no es del que pide, si no del que injustamente concede. PP y PSOE hemos estado concediendo a nacionalistas de uno y otro lado dineros y competencias que nunca debieran haber sido concedidas. Y lo hemos hecho para no tener que negociar el uno con el otro. Porque nos hemos considerado enemigos en lugar de compañeros con opiniones distintas en la construcción de España. Porque es mucho más fácil comprar votos que convencer. Es imprescindible que PP y PSOE, a los que hay que sumar a Ciudadanos y a muchos otros partidos respetuosos con la Constitución, garanticemos la estabilidad de quien gane las elecciones, aunque sea por un voto. Quien las gane tendrá un contrato con la sociedad: su programa. Los demás la obligación de respetarlo con el lógico derecho de oposición. Y por encima de todo, el compromiso de no tocar sin acuerdo lo fundamental: la Defensa, la Educación, la Justicia y, por supuesto, la Constitución. España no la han construido unos u otros, la hemos construido entre todos y es responsabilidad de todos mantenerla y desarrollarla.

Hoy no es momento de reproches. Ni el más mínimo. Hay que hablar discretamente en un despacho y actuar conjuntamente a la vista de todos. No están atacando al PP o Mariano Rajoy: nos están atacando a todos, a España.  No dudarán en utilizar lo que esté en su mano y el mejor regalo que le podemos hacer a los golpistas es nuestra desunión.

Son necesarias muchas reformas, pero ninguna por imposición. He defendido siempre que las reformas deben pactarse antes de proponerlas, pero ante la traición de este domingo, me atrevo a proponer instaurar, a nivel nacional, una exigencia que ya rige en los parlamentos autonómicos: que no se pueda acceder al Congreso de los Diputados si no se tiene un porcentaje mínimo de votos a nivel nacional. Ello debería ir acompañado de la oportuna reforma que hiciera de nuestro Senado una verdadera cámara de representación territorial en la que puedan estar representados esos partidos regionales. Esto acabaría con el auténtico chantaje al que se han visto sometidos los partidos de ámbito nacional durante los últimos cuarenta años y que culminaron ayer con la infame traición de los separatistas catalanes. Una traición vivida a cámara lenta durante muchos años y de la que se han lucrado, miserablemente, sus principales actores de forma personal. Da la impresión de que la prisa, en esta etapa final, tiene mucho que ver con la búsqueda de la impunidad para todas esas tropelías ante la previsible condena de los tribunales que ven, ya por fin, muy cerca.

Hemos llegado demasiado lejos. No se puede ser más dialogante ni más tolerante de lo que hemos sido
los españoles en la construcción de la España que todos disfrutamos hoy. Debemos estar orgullosos de ello, no hay por qué arrepentirse. Todo lo que se ha hecho en aras de la convivencia es bueno. Mi padre no fue un presidente democrático en su inicio, pero asumiendo esa falta de legitimidad democrática inicial, fue capaz de conducir todo un pueblo hacía el sueño colectivo de un país plenamente democrático sin conculcar jamás la ley vigente, por muy dictatorial que pudiera considerarse. El gran secreto de la Transición no está en un gran Rey o un gran presidente o un gran pueblo. De todos ellos hay muchos. Lo que no se había visto jamás, es que aquellos que mataron y murieron en la guerra más brutal, se pusieran de acuerdo, sin olvidar ni violar ley alguna, para no volver a morir ni a matar nunca; y lo hicieron construyendo, entre todos, un Estado democrático y de derecho bajo la forma de una moderna monarquía parlamentaria. Ese es el verdadero legado. No es aceptable que nadie diga que él no participó en ese acuerdo. ¡Por supuesto que todos hemos participado!, porque todos participamos de sus frutos. El que hoy alguien pueda expresarse con libertad en un parlamento, es fruto de aquel acuerdo. Hoy es legítimo –y legal- en España tener un sueño y defenderlo en cualquier foro, lo que no es legítimo –ni legal- es imponer ese sueño a los demás.

Para los que todavía duden acerca de lo que quiero transmitir hoy, les diré que la traición no se combate con el diálogo. Por eso mismo, quiero dejar muy claro mi testimonio de cercanía, gratitud y admiración hacía la Guardia Civil y la Policía Nacional. Es un orgullo tenerles y sepan que España, casi entera, está con ustedes. Acabo de llegar de Melilla, tierra en la que sirvió mi padre como alférez, en la que mi hijo y yo hemos jurado lealtad a la Bandera; tierra que ha sido testigo de brutales ataques a la integridad de España, todos ellos superados gracias al sacrificio y determinación de unos pocos al servicio de todos. Hoy no hay mejor manera de honrar y agradecer su sacrificio que el mantener la firmeza en el respeto a la Constitución de todos, sin excepción. Con toda la contundencia que el ataque recibido requiera. No debe haber furia, pero tampoco complejo.

…Elevar a la categoría política de normal…

viernes, marzo 11, 2016

Artículo publicado el 8 de marzo de 2016 en La Tercera de ABC

 

Mucho se está invocando estos días a Suárez y su famosa frase de “…elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal.” Esa es la verdadera frase, y se refería a la legalización de los partidos políticos y a la inminente democratización de España. Nada más, y nada menos. Se dio un año de plazo, y lo cumplió. El 15 de junio de 1977.

Hay quienes están muy interesados en proclamarse herederos de Suárez; por desgracia, mucho más que en aprender de Suárez y su obra, que es lo importante de Suárez, no él. Al igual que lo importante de nuestra Constitución de la Concordia es cómo se hizo y no lo que exactamente dice. El espíritu es lo esencial, no la materia; la forma consensuada de escribir, no la letra concreta que se escribe. El respeto real y profundo por el discrepante, no la impostura formal para intentar sacar del tablero político al adversario. Si algo sobró a lo largo de toda la pasada investidura, eso fue la falta de respeto. Sobran improperios, micrófonos y fotos; faltan muchas horas de café y tortilla, en un apartado rincón de Moncloa, para que los dos grandes partidos de España, junto con Ciudadanos, acuerden las reformas que necesitamos.

Se invoca a Suárez, pero es para lanzarlo como arma arrojadiza, no para imitar sus virtudes. Con todo mi respeto, gran error. Suárez no se dedicaba a esgrimir los pactos que alcanzaba contra nadie, y quizá, solo quizá, ese es el motivo por el que fue capaz de hacer posible la Concordia entre todos los españoles tras más de un siglo de intolerancia, enfrentamientos e imposiciones. Eso, y compartir su autoría con todos, pues no es tan importante que alguien se sume a al pacto, como que lo haga propio.

Otra cosa que mal casa con la reclamada figura de Suárez, e insisto en el respeto debido, es el pacto suscrito entre quienes han quedado segundos y cuartos para desbancar a quien ha quedado primero. Si algo caracterizó a Suárez fue su capacidad para incluir al adversario, no para excluirle o arrinconarle. Si
estudiamos con rigor sus pasos, los de Suárez, descubriremos que: primero, ofreció un generoso consenso a todas las fuerzas políticas para llegar a las primeras elecciones de 1977, y lo hizo desde una presidencia que, si bien no era democrática todavía,  si estaba comprometida con la democracia hasta sus últimas consecuencias. Luego, ya siendo un presidente democráticamente elegido, se siguió mostrando generoso con todos los grupos que obtuvieron representación parlamentaria para alcanzar las sólidas bases de un moderno estado social y democrático de derecho: nuestra Constitución de la Concordia de 1978. Y cuando perdió las elecciones, perseveró en su generosidad y sentido de Estado ayudando a todos los presidentes que ha tenido este país desde entonces y hasta su enfermedad. Incluso con sus votos en alguna investidura, aun cuando no fueran determinantes, pues creía que quien había sido protagonista de la Transición, debía apoyar con ese gesto a un partido socialista que volvía al poder democráticamente tras largos años de represión. Era una forma de culminar aquel irrepetible periodo. Pero nunca pasó por su cabeza usar su fuerza política para arrebatar el gobierno a quien, legítimamente, había ganado las elecciones. Eso no es normal en la calle, ni debiera ser normal en el parlamento… Ni siquiera el propio Felipe González pensó en desbancar a José María Aznar en 1996, cuando perdió por un estrechísimo margen. Es más, se ofreció a colaborar con su abstención para favorecer la investidura en una segunda vuelta. Es cierto que hoy nadie debiera cantar victoria, porque nadie puede formar gobierno en solitario; tan cierto como que necesitamos un gobierno que albergue a los tres partidos constitucionalistas de este país, pero al igual que no se debe excluir a Ciudadanos, aun no siendo matemáticamente indispensable, tampoco se puede pretender apartar o relegar a quien ha tenido mayores apoyos.

Me chirrían profundamente los oídos cuando oigo invocar el nombre de mi padre y la Transición para, acto seguido, mostrarse arrogante y despectivo con el Presidente del Gobierno. Es cierto que recuerdo a un Suárez arrogante en el Congreso de los Diputados, una vez; pero fue ante las pistolas humeantes de los golpistas, no ante un Presidente del Gobierno, por mucho que, como él en aquel entonces, estuviera en funciones.

No quiero que se me malinterprete; esto no es una reprimenda contra nadie. No estoy intentando hacer defensa de un partido o una persona. Pero con la misma libertad con la que otros le citan, me permito hacerlo yo, con todo el respeto del mundo hacia quien piense lo contrario. No estoy en posesión absoluta de la verdad  sobre mi padre, ni nada que se le parezca. Me alegra profundamente que se reclame la obra de Suárez –mucho más que su figura, pues así me lo repitió él mismo cientos de veces-, pero que se haga con obras, no con posturas. Imítense su virtudes y apártense sus defectos, que también los tuvo. Que no sirva para la exclusión de nadie, menos, la de un Presidente del Gobierno que, con sus aciertos y errores –como mi padre y todos los demás- ha prestado importantes servicios a este país. Es fundamental que aprendamos a seguir construyendo sobre lo ya construido, que no renunciemos a nuestros sólidos cimientos; si nos dedicamos a demoler cada cuatro años, jamás alcanzaremos a levantar ese edificio al que se refería Suárez el 6 de abril de 1978, cuando pedía ayuda para construir un edificio que tuviera una habitación confortable para todos y cada uno de los españoles… solo se lamentaba de que se le exigiera cambiar las tuberías, los cables eléctricos, las paredes y ventanas sin que dejara un solo día de haber agua o luz, y que no molestara ni el ruido, ni el polvo de las obras… Sigamos exigiendo mucho, ¡pero sigamos construyendo juntos el país que necesitan nuestros hijos!

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