Convivir en Libertad

Martes, marzo 3, 2015

Artículo publicado en EL Mundo el 2 de marzo de 2015

 

 

El artífice del mayor acto de concordia de toda nuestra historia señalaba que el consenso que la posibilita, se debe ceñir a muy pocas cosas para que pueda ser alcanzado. Realmente, decía: “Tal vez solamente a una: la voluntad firme y profunda de convivir en libertad”. Esto, más que una idea, es una creencia y, como muy acertadamente afirmaba Ortega y Gasset, “a las ideas las sostenemos nosotros, pero las creencias nos sostienen a nosotros”. Un poco más adelante, en ese mismo discurso con el que aceptaba el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 1996, dijo: “La lucha política, la controversia, el debate, el disentimiento, el conflicto no constituyen una patología social… reflejan la vitalidad de una sociedad”. A esto deberíamos añadir que “siempre y cuando no Adolfo Suárez Gonzálezdañen la raíz de la propia convivencia”.

Es fundamental aceptar el debate, la controversia, incluso en forma vehemente. Es indispensable poder abordar temas sobre los que no hay acuerdo en el seno de cualquier grupo social sin que ello suponga el enfrentamiento y la ruptura. Es fundamental aceptar la diferencia y ser capaces de respetarla como forma de enriquecimiento vital.

Veo todo tipo de grupos sociales a mi alrededor que mantienen las formas sobre los débiles cimientos que proporciona el abandonar el diálogo acerca de temas sobre los que, a priori, “pesa” el desacuerdo. No se dan cuenta de que esa conducta que pretende mantener la paz del grupo, acabará llevándoles a la desintegración, o a vivir bajo la sombra de un empobrecimiento inasumible a largo plazo.

La discrepancia es una fuente inagotable de enriquecimiento en la medida en la que sea manifestada y aceptada adecuadamente. El tener a alguien delante al que poder expresar tu opinión y que esta sea “escuchada” como enseñaba Marías, esto es, recibida con respeto y pensada con prudencia, es un auténtico tesoro. Quien así recibe tu idea, con independencia del acuerdo, es alguien a quien, a su vez, merece la pena escuchar… y al escucharle de igual forma, se irá produciendo ese enriquecimiento vital del que les hablaba.

Alguno ya estará pensando que esto no es más que una ensoñación de alguien bienintencionado que no vive en el mundo real. Y podría estar de acuerdo con él, siempre y cuando renunciara yo a la firme creencia de que el futuro está en nuestras manos, que depende de nosotros, que somos cada uno de nosotros los que creamos ese futuro con nuestras decisiones de cada día. El desprecio permanente en el que por desgracia vivimos hacia el adversario, al diferente, al discrepante, en definitiva, al otro, nos está, no solo empobreciendo, sino alejándonos cada vez más de un futuro mejor: el que podemos construir con la ayuda de todos.

head symbol with thought and speach bubble
Soy un discutidor nato y noto que cada día es más difícil discutir sin llegar al enfado, siquiera dialogar sin estar de acuerdo. El fin del diálogo en si mismo, no puede ser necesariamente el acuerdo, sino el mutuo enriquecimiento de las partes que intercambian ideas. El acuerdo solo será posible en dos ocasiones: cuando uno de los interlocutores alcance el convencimiento a través de los argumentos –situación verdaderamente excepcional por la falta de atención en los términos que apuntaba al principio- o, por la necesidad de las partes. Y esta es la gran oportunidad que sí es posible encontrar con cierta frecuencia en la política: que se sienta la necesidad. La exigencia de una decisión que debe ser tomada conjuntamente es un importante elemento para llegar al consenso; pero es más importante que el acuerdo en sí mismo, la forma en la que se alcanza, ya que si ese acuerdo no es obtenido de un forma cordial, su existencia será efímera, seguramente ineficaz y acabará llevándonos, sin duda, al punto de partida: la discrepancia discorde. Por el contrario, cuando ese acuerdo es alcanzado fruto de la necesidad imperiosa más que del convencimiento en torno al fondo, pero presidido por la concordia y el respeto entre las partes, las posibilidades de que ese consenso sea perdurable y eficaz son mucho mayores. No encuentro mejor ejemplo de esto que la propia Constitución de la Concordia de 1978.

Si se ponen a buscar, no creo que tarde mucho ninguno de ustedes en encontrar constituciones en nuestra historia que puedan ser calificadas como mejores desde su punto de vista. Muchas hemosconstitucion 6 diciembre 1978 tenido, excelentes algunas -jurídicamente hablando-, las hubo mediocres y otras que no llegaron ni a entrar en vigor. Lo curioso, por no decir otra cosa, es que todas tenían algo en común: eran la imposición de una España sobre la otra España. Muy al contrario, nuestra defectuosa Constitución de la Concordia, fue la primera pactada por todas las fuerzas políticas con representación parlamentaria; la primera que no suponía la supremacía de una de nuestras Españas sobre la otra. Me podrán decir que adolece de tal o cual defecto, que a unos les gustaría más incluir esto o aquello, y me parece bien, pero lo que hay está discutido y acordado en libertad por la inmensa mayoría de los españoles y nadie me puede negar que nos ha proporcionado los mejores años de nuestra historia.

No tengo el más mínimo empeño en mantener a rajatabla lo que se dice en el artículo 31 o en el 131, me da igual. Lo que verdaderamente importa es la forma en la que se escribieron y acordaron esos mismos artículos.

España asombró al mundo con su Transición política, pero lo que de verdad asombró al mundo entero no fue que tuviéramos un Rey joven y políglota o un presidente del gobierno audaz y comprometido con la democracia; tampoco asombró una de las constituciones más avanzadas del mundo. Lo único que de verdad fue excepcional y ha sido irrepetible, es la forma en la que todo aquello se hizo. Que un país divido, enfrentado históricamente y recién salido de una guerra fratricida fuera capaz, sin quebrantar la ley vigente, de sentar de forma pacífica sobre un acuerdo inmensamente mayoritario, las sólidas bases de un Estado social y democrático de derecho plenamente homologable al de cualquiera de los países de nuestro entorno.

Todavía hoy sigo recibiendo invitaciones de muy importantes instituciones académicas de todo el mundo para explicar a sus alumnos las claves de aquel irrepetible proceso del que podemos sentirnos protagonistas y legítimamente orgullosos todos los españoles. Y mientras tanto, algunos en nuestra querida España, tierra de contrastes, andan intentando cambiar la historia para acercar el ascua a su sardina, y otros campan con la boca llena de rupturas e imposiciones: ¡Nada de lo hecho sirve y lo que hay que hacer ahora es… lo que yo diga! Pues no, señores, no. Eso es precisamente lo que habíamos desterrado de nuestra vida política hace ya treinta y siete años a base de concordia. Imposiciones no, ninguna. Y avergonzarnos de la mejor parte nuestra historia y de nuestros políticos, menos.

Tampoco me sirve el peregrino argumento de que “yo no la he votado”. ¡Por supuesto que la hemos votado todos! Cada vez que participamos en unas elecciones estamos refrendando todo nuestro sistema democrático, un sistema que incluye la Constitución. Es más, simplemente el hecho de convivir como ciudadano español implica refrendar todo el conjunto de leyes que nos hemos dado en libertad, con sus derechos y obligaciones.

Ello no significa inmovilismo. Por supuesto que acepto de muy buen grado que alguien quiera cambiar la Constitución, a mi incluso me gustaría cambiar alguno de sus preceptos, pero la reforma
no puede ser un fin en sí mismo, sino que debe ser un instrumento para alcanzar un fin concreto. Por eso mismo, a quien tal cosa pretenda le ruego que lo haga explicando el qué, el por qué y el para qué. Que explique a los españoles la necesidad y bondad de esos cambios y que finalmente los lleve a cabo con la misma mayoría con la que se escribieron los mandatos que hoy se pretende modificar. Hacerlo de otra forma es simplemente volver a la imposición de una de nuestras españas sobre la otra, y eso, la historia ya nos ha demostrado que conduce al enfrentamiento más pronto que tarde, porque rompe el único precepto que, decíamos al principio, es irrenunciable: la voluntad firme y profunda de convivir en libertad.

 

manita--575x323

 

Sí se puede, aunque no se deba…

Lunes, febrero 9, 2015

Artículo publicado en “El Mundo” el 30 de enero de 2015

 

 

 

No, no es lo mismo poder que deber; y en España y Francia sí se puede, aunque no se deba. A Dios gracias, y tras muchos años de sufrimientos, en países como Francia o España, sí se puede criticar hasta lo más sagrado para cualquiera. Y se debe poder llegar a escribir o decir cualquier blasfemia sin que nadie deba esperar por ello ser ejecutado en su puesto de trabajo de un tiro en la nuca.

 

Ha pasado un tiempo prudencial y espero que nadie me acuse de opinar en caliente. Detesto las viñetas satíricas que todos tenemos en mente blasfemando e insultando, ya sea a Mahoma o a charlie-hebdo copiaJesucristo. Me parecen nauseabundas por ofensivas. A mi juicio carecen de la más mínima gracia o inteligencia, cayendo en la zafiedad y la más absoluta simpleza. La inteligencia irónica debe ser capaz de arrancar una sonrisa o deslizar una grave crítica sin caer en el insulto o la grosería. Ahora bien, defiendo los derechos de libertad de prensa y de expresión a ultranza. Cada uno puede decir o escribir lo que quiera en una tribuna, y será un Tribunal, con todas las garantías procesales de un Estado democrático de derecho, quien pueda señalar dónde está el límite, la frontera entre esas libertades y el también defendible derecho al honor. Y, en su caso, el castigo. Es también razonable que una sociedad madura dé la espalda a quien cae en este tipo de prácticas, sin más, marcando así lo que no está dispuesta a aceptar. Pero nunca, nunca, se puede justificar, en modo alguno, el vil asesinato cometido por un fanático que se sintió ofendido. Ni tan siquiera de soslayo con el peregrino argumento de que quien realizó esas críticas en forma de viñeta, lo que en realidad hizo fue provocar a un asesino descerebrado como lo eran los hermanos Kouachi. El primer derecho de todo ser humano, por el mero hecho de nacer –e incluso antes-, es el derecho a la vida y no hay quien pueda arrebatársela tomándose la justicia por su mano.

 

terroristas-charlie-hebdo3 copiaEstoy absolutamente de acuerdo con aquellos que dicen que no se deben herir gratuitamente las creencias religiosas de nadie. Nunca es necesaria la ofensa para criticar lo que se estime oportuno. Soy católico hasta el tuétano y he sido ofendido hasta la saciedad por esa misma publicación y otras muchas en innumerables ocasiones; pero ni yo, ni ningún otro católico en el mundo, hemos perpetrado una salvajada semejante. Quizá, porque a diferencia de lo que ocurre en el Islam, donde escuchamos todos los viernes a un sin fin de Imanes llamar a las armas a sus fieles, no ha habido ningún Papa, Obispo o simple sacerdote que haya llamado a tal barbarie, desde su púlpito, a los fieles cristianos cuando hemos sido ofendidos con viñetas similares. Tampoco el verdadero soporte escrito de nuestro credo, el Nuevo Testamento, hace la más mínima mención al uso de la violencia contra nadie en ninguna ocasión; es más, invita a poner la otra mejilla; cosa que yo hoy, errado e infinitamente lejos de la grandeza de Jesús, me siento humildemente incapaz de hacer ante los que nos agreden.

 

Debo manifestar a este punto llegados, que no puedo aceptar como excusa para los fanáticos o los políticamente correctos, el veraz argumento de las torturas o ejecuciones cometidas, por ejemplo, por Iglesia Católica a través de la Inquisición o en las Cruzadas hace cinco siglos. El tiempo transcurrido no erradica su veracidad histórica, pero no es menos cierto que, por ellas, ya han pedido perdón los Papas de hoy y que la Iglesia actual, con el Papa Francisco a su cabeza, no tiene nada que ver con la Iglesia medieval, ni siquiera con la renacentista. Y bien seguro estoy de que nuestro querido Papa Francisco no haría uso jamás de su puño, ni aunque le mentaran a su madre; por mucho que el agresor pudiera esperarlo.

 

Es muy posible que sea ahí, precisamente, donde resida el problema: en que una parte importante del Islam sigue anclado en la intolerancia que todos practicábamos hace quinientos años; en que PApa-CH copiano se hace un esfuerzo general y sobrehumano desde el propio Islam por deshacerse de ese fanatismo asesino del que hacen gala innumerables imanes desperdigados por todo el mundo, por erradicar esos sermones –“jutba”- que acaban teniendo por consecuencia casos de violencia extrema como los perpetrados en Francia, España, Estados Unidos, Bélgica, Reino Unido o un largo etcétera diario en Irak, Siria, Nigeria, Libia o Afganistán; porque hay que recordar que esa barbarie no solo nos afecta a nosotros, que es cuando nos llevamos las manos a la cabeza, sino al mundo entero, empezando por los propios países donde el Islam es mayoría y no hay un estado democrático de derecho para frenar la intolerante violencia de los fanáticos contra cristianos, judíos, ateos e incluso musulmanes a los que consideran poco ortodoxos. Todos sabemos que hay miles de Imanes que pregonan la paz y la tolerancia, pero la falta de una autoridad común a todo el Islam, capaz de desterrar la violencia como camino a la salvación, es parte del problema. Mientras todo eso no cambie, los ciudadanos de los países libres y democráticos de Occidente –curiosamente todos con raíces cristianas, que es la base de la cultura de la libertad- tenemos el derecho a ejercer la legítima defensa en casos como los recientemente ocurridos en Francia o Bélgica, y nuestros Estados tienen el derecho y la obligación de defenderse frente a quienes les quieren destruir. Sea donde sea.

 

La blasfemia y la ofensa me parecen abominables, no me hacen gracia nunca, me hieren. Son, en sí mismas, una forma cierta de violencia; pero nadie debe esperar ser ejecutado por el simple hecho de cometerlas. Por eso mismo, los asesinos, los terroristas, movidos por la ideología o religión que sea, no deben tener otra esperanza, en un mundo civilizado como el nuestro, que la cárcel o la muerte, si persisten en su violencia. Pero si me permiten elegir a mi un destino para ellos, yo elegiría una cárcel muy larga; una cárcel que les permitiera a los asesinos recapacitar durante inacabables años sobre la atrocidad cometida; una cárcel, también, que les acercara los medios para llegar reformarse, si quieren; pero que sea también una cárcel eterna si no lo hacen. Sin complejo alguno. Porque la reinserción es un derecho del reo, no una obligación de la sociedad. Quienes tras tener la oportunidad y los medios, no son objetivamente capaces de llegar a vivir civilizadamente en libertad, no deben vivir nunca en ella, y su muerte en una cárcel moderna, tratados con la caridad que ellos negaron a sus víctimas, no nos debe escandalizar ni parecer nunca una muerte indigna, si no la que ellos mismos han elegido con su contumaz intolerancia.

 

 

En un país civilizado, como lo es cualquiera de los que conforman lo que llamamos Occidente, hay que estar dispuesto a oír cosas que pueden llegar repugnarnos hasta en lo más íntimo, pero es el Estado, y solo el Estado, quien, a través de sus distintas instituciones y procedimientos instaurados, tiene el legítimo derecho y la obligación de usar la fuerza para reprimir una injusta violación de los derechos y libertades consagrados en las leyes democráticamente establecidas para sus ciudadanos y visitantes. Además, esa fuerza solo la puede hacer valer como último recurso y en unas muy determinadas circunstancias. La única excepción válida en Derecho a ese principio general, es el reconocido derecho a la “legítima defensa”, ya sea propia o de terceros; y, una vez más, este derecho está regulado de forma muy restrictiva, estableciendo severas condiciones que impiden la aceptación generalizada del uso de la fuerza en la resolución de los conflictos entre ciudadanos. Por último, si me lo permiten, me gustaría que estas palabras sirvieran también de sentido homenaje al pueblo francés, a su policía y a todos sus dirigentes políticos, por el ejemplo de entereza, unidad y patriotismo que nos han brindado al mundo entero con su comportamiento medido, sereno y contundente ante una agresión tan execrable como la que han sufrido. Han demostrado ser una gran Nación digna de toda nuestra admiración y respeto. Hoy, yo no puedo ser Charlie, pero sí me siento profundamente francés.

 

Bandera-de-Francia-300x225