Prisión Permanente Revisable

jueves, enero 18, 2018

Artículo publicado en La Tercera de ABC el 12 de enero de 2018

 

Hace más de diez años que vengo defendiendo en los medios de comunicación, y allá donde he podido, esta figura penal. Incluso antes de que nadie la llamara de esta forma. Mucho antes de que mi partido la asumiera como propia. En solitario y en compañía de ilustres juristas. Una de las primeras veces que publiqué sobre ella, proponiendo el nombre que hoy ostenta, fue a raíz de la excarcelación del canalla de De Juana Chaos. Desde entonces, muchos han sido los casos de criminales que, desgraciadamente, han venido a ratificar uno de los hechos que con más fuerza reclaman penas de esta naturaleza: la incapacidad de ciertos delincuentes para reinsertarse. Una incapacidad que no proviene de un trastorno mental insuperable, sino de una falta absoluta de arrepentimiento y empatía con las víctimas.

El argumento más utilizado para rechazar esta pena, tan legal como constitucional, es el del derecho a la reinserción de los presos. Un mantra utilizado como si el Estado tuviera la obligación ineludible de reinsertar al preso con independencia del preso mismo. Sería bueno que, quienes esto argumentan, entendieran bien un matiz de capital importancia: la reinserción es un derecho del reo, no una obligación del Estado, ya que nadie puede obligar a otro a reinsertarse sino quiere. Al Estado sólo se le pueden exigir las medidas materiales necesarias para que el sujeto de tal derecho pueda alcanzar la consecución de ese fin, pero corresponde al reo, y sólo al reo, demostrar de forma inequívoca que es capaz de reincorporarse pacíficamente a la sociedad y merecedor de la libertad perdida tras las gravísimas e injustas agresiones que provocaron su condena. Pocos países en el mundo tienen un sistema más garantista con el preso que el nuestro o mejores cárceles.

La figura que contempla hoy nuestro código penal es bastante más benévola que la que yo he defendido siempre y para menos casos. Se podría incluir, por ejemplo, el caso de políticos corruptos, para que no abandonasen la prisión hasta que cumplieran su pena y, además, reintegrasen las cantidades robadas. Por ejemplo.

 

Pero dejando al margen matices como ese, lo que resulta innegable, es que no hay nada de crueldad ni de

vejación o conculcación de derechos fundamentales en la privación de la libertad a sujetos sobre los que se tiene la certeza de su reincidencia. Casos como el muy reciente de Diana Quer vienen a demostrarlo una y otra vez. La única crueldad y la verdadera vejación es la que reside en el interior de la cabeza de estos desalmados, a las que dan rienda suelta tan pronto se ven libres y tienen oportunidad de abalanzarse sobre una nueva víctima.

 

Por otro lado, siempre me ha causado mucha sorpresa que un parlamentario se pueda abstener en una votación. No soy capaz de imaginar un solo asunto sobre el que un representante electo no pueda comprometerse con un sí o un no, ante sus electores, sobre un determinado proyecto o propuesta sometida a votación en la Cámara. Mucha más sorpresa me causa ver a parlamentarios que se pasan el día intentado pescar en los revueltos caladeros de votos del Partido Popular –con una cierta pasividad nuestra, dicho sea de paso-, se hayan abstenido en la votación para abolir la prisión permanente revisable, permitiendo que el PSOE, unido a la oposición radical de izquierdas y a los nacionalistas vascos, tumben la única pena de todo nuestro ordenamiento jurídico capaz de garantizar que asesinos y violadores de la peor especie no tengan acceso a sus víctimas. Esta sociedad debiera tomar nota de cómo usan la representación concedida algunos de sus representantes políticos.

 

Tampoco se trata de legislar en caliente –otro peregrino argumento, pues ya está en vigor- sino de dar respuesta contundente a asesinos como De Juana Chaos, los de las niñas de Alcasser, el de Mari Luz, el Violador del Ascensor, el que mató a sus propios hijos con una radial –primer condenado a esta pena-, el Chicle y un sin fin de inmundos personajes de la misma calaña. Entre las atrocidades del primero y el último, han pasado decenas de años. Tiempo suficiente para pensar, con toda calma y precisión, una respuesta tan definitiva como requiera la pertinacia de sus conductas. Porque, como bien exige el Tribunal Constitucional, no se trata de una condena indefectible, sino de una pena revisable en función de la evolución de las circunstancias de cada reo.

 

Por último, quiero mencionar que, hace pocos días, alguien a quien respeto mucho (Tomás Llorens), argumentaba en contra, citando a Stuart Mill, de la siguiente manera: “La libertad humana, exige libertad en nuestros gustos y en la determinación de nuestros propios fines para trazar el plan de nuestra vida según nuestro propio carácter y para obrar como queramos, sujetos a las consecuencias de nuestros actos”, para inmediatamente decir: “Pues bien, la prisión permanente (revisable) aniquila para el condenado precisamente esa posibilidad de trazar su plan de vida aceptando las consecuencias de sus actos, es decir, su autonomía moral”. No puede ser más contradictorio. En España, esa libertad para trazar el propio plan de vida, está plenamente garantizada por nuestra Constitución de la Concordia de 1978, pero si es cierto que, como el historiador mismo dice, también exige aceptar las consecuencias de los propios actos; y eso conlleva que quien no es capaz de vivir en libertad porque mata y viola atrozmente y, además, no es capaz de reinsertarse, asuma que existe una pena acorde a su barbarie. Para ese tipo de asesinos es para quienes esta sociedad, muy lejana ya a ningún régimen antidemocrático, reclama mayoritariamente y a gritos, el mantenimiento de la prisión permanente revisable. Una pena, la única, que, respetando la vida del reo, nos permite también mantenerle lejos de sus potenciales víctimas, personas inocentes que, estas sí, verdaderamente merecen poder trazar sus planes de vida en libertad y aceptar las consecuencias sin causar daño a nadie; y sin que un indeseable, rabioso y conocido delincuente, venga a arrebatarles la vida y algo más.

 

 

¿Diálogo?

miércoles, octubre 11, 2017


Artículo publicado en La Tercera de ABC el 4 de octubre de 2017

 

Claro que queremos diálogo, pero no como mantra. Queremos un diálogo productivo que necesita de orden, respeto y objetivos. Mi padre, aclamado como artífice del consenso –fruto principal del diálogo- señalaba que ese consenso solo se puede exigir en torno a una cosa: “la voluntad profunda de convivir en libertad”.

Cuando se quiebra la convivencia en libertad violando las leyes, rompiendo juramentos, traicionando los mandatos recibidos y utilizando los medios del Estado para alzarse contra él, solo cabe un diálogo: el que se debe dar entre los culpables de esas conductas con los jueces y fiscales. Ese es el primer diálogo que, los que defendemos la Constitución de la Concordia, reclamamos con todas nuestras fuerzas hoy. Ya se ha cometido un delito de sedición y se nos ha anunciado el de inminente rebelión.

Dicho esto, es exigible otro diálogo, si me apuran, más importante y, cuya ausencia, es la causa principal del sinsentido que estamos viviendo estos días. Me refiero al que se debe dar entre todos los partidos constitucionalistas para garantizar la convivencia en libertad. Lo digo sin ambages: la culpa no es del que pide, si no del que injustamente concede. PP y PSOE hemos estado concediendo a nacionalistas de uno y otro lado dineros y competencias que nunca debieran haber sido concedidas. Y lo hemos hecho para no tener que negociar el uno con el otro. Porque nos hemos considerado enemigos en lugar de compañeros con opiniones distintas en la construcción de España. Porque es mucho más fácil comprar votos que convencer. Es imprescindible que PP y PSOE, a los que hay que sumar a Ciudadanos y a muchos otros partidos respetuosos con la Constitución, garanticemos la estabilidad de quien gane las elecciones, aunque sea por un voto. Quien las gane tendrá un contrato con la sociedad: su programa. Los demás la obligación de respetarlo con el lógico derecho de oposición. Y por encima de todo, el compromiso de no tocar sin acuerdo lo fundamental: la Defensa, la Educación, la Justicia y, por supuesto, la Constitución. España no la han construido unos u otros, la hemos construido entre todos y es responsabilidad de todos mantenerla y desarrollarla.

Hoy no es momento de reproches. Ni el más mínimo. Hay que hablar discretamente en un despacho y actuar conjuntamente a la vista de todos. No están atacando al PP o Mariano Rajoy: nos están atacando a todos, a España.  No dudarán en utilizar lo que esté en su mano y el mejor regalo que le podemos hacer a los golpistas es nuestra desunión.

Son necesarias muchas reformas, pero ninguna por imposición. He defendido siempre que las reformas deben pactarse antes de proponerlas, pero ante la traición de este domingo, me atrevo a proponer instaurar, a nivel nacional, una exigencia que ya rige en los parlamentos autonómicos: que no se pueda acceder al Congreso de los Diputados si no se tiene un porcentaje mínimo de votos a nivel nacional. Ello debería ir acompañado de la oportuna reforma que hiciera de nuestro Senado una verdadera cámara de representación territorial en la que puedan estar representados esos partidos regionales. Esto acabaría con el auténtico chantaje al que se han visto sometidos los partidos de ámbito nacional durante los últimos cuarenta años y que culminaron ayer con la infame traición de los separatistas catalanes. Una traición vivida a cámara lenta durante muchos años y de la que se han lucrado, miserablemente, sus principales actores de forma personal. Da la impresión de que la prisa, en esta etapa final, tiene mucho que ver con la búsqueda de la impunidad para todas esas tropelías ante la previsible condena de los tribunales que ven, ya por fin, muy cerca.

Hemos llegado demasiado lejos. No se puede ser más dialogante ni más tolerante de lo que hemos sido
los españoles en la construcción de la España que todos disfrutamos hoy. Debemos estar orgullosos de ello, no hay por qué arrepentirse. Todo lo que se ha hecho en aras de la convivencia es bueno. Mi padre no fue un presidente democrático en su inicio, pero asumiendo esa falta de legitimidad democrática inicial, fue capaz de conducir todo un pueblo hacía el sueño colectivo de un país plenamente democrático sin conculcar jamás la ley vigente, por muy dictatorial que pudiera considerarse. El gran secreto de la Transición no está en un gran Rey o un gran presidente o un gran pueblo. De todos ellos hay muchos. Lo que no se había visto jamás, es que aquellos que mataron y murieron en la guerra más brutal, se pusieran de acuerdo, sin olvidar ni violar ley alguna, para no volver a morir ni a matar nunca; y lo hicieron construyendo, entre todos, un Estado democrático y de derecho bajo la forma de una moderna monarquía parlamentaria. Ese es el verdadero legado. No es aceptable que nadie diga que él no participó en ese acuerdo. ¡Por supuesto que todos hemos participado!, porque todos participamos de sus frutos. El que hoy alguien pueda expresarse con libertad en un parlamento, es fruto de aquel acuerdo. Hoy es legítimo –y legal- en España tener un sueño y defenderlo en cualquier foro, lo que no es legítimo –ni legal- es imponer ese sueño a los demás.

Para los que todavía duden acerca de lo que quiero transmitir hoy, les diré que la traición no se combate con el diálogo. Por eso mismo, quiero dejar muy claro mi testimonio de cercanía, gratitud y admiración hacía la Guardia Civil y la Policía Nacional. Es un orgullo tenerles y sepan que España, casi entera, está con ustedes. Acabo de llegar de Melilla, tierra en la que sirvió mi padre como alférez, en la que mi hijo y yo hemos jurado lealtad a la Bandera; tierra que ha sido testigo de brutales ataques a la integridad de España, todos ellos superados gracias al sacrificio y determinación de unos pocos al servicio de todos. Hoy no hay mejor manera de honrar y agradecer su sacrificio que el mantener la firmeza en el respeto a la Constitución de todos, sin excepción. Con toda la contundencia que el ataque recibido requiera. No debe haber furia, pero tampoco complejo.

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