Una vez más, la prohibición…
Viernes, Julio 30, 2010
Artículo publicado en El Mundo el 30 de julio de 2010
Ayer se consumó, finalmente, la amenaza que pesaba sobre la actividad taurina en Cataluña desde hace unos meses. El parlamento de Cataluña ha decidido instar la prohibición de las corridas de toros en su territorio a partir del 2012 incluído. Nada extraño en estos tiempos en esa tierra en la que, al menos en el ámbito político y desde hace algún tiempo ya, reina la cultura de la intolerancia. Una tierra donde algunos partidos ya no abordan los problemas desde el prisma de la necesidad común, sino desde un firme y permanente deseo de imponer la exigencia particular.
Visto como aficionado práctico que soy, me produce una profunda tristeza la imposición que
se me hace de un veto en Cataluña para practicar libremente lo que considero que es el espectáculo más singular de toda la Tierra: bailar a muerte con un toro bravo en una plaza. Ya han tenido oportunidad de leer en estas mismas páginas mis argumentos a favor de la Fiesta Universal en que hoy se ha convertido el arte de torear y no voy a profundizar más en esos argumentos. Simplemente quiero dejar claro que lidiar un toro en una plaza según las directrices que marcan los reglamentos taurinos en vigor, constituye una expresión artística, cultural, centenaria y mítica. Una actividad artística que se practica habitual y libremente en España, Francia, Portugal, Méjico, Colombia, Venezuela, Perú y Ecuador. Esporádicamente se practica también en otros países.
Como ciudadano con vocación e inquietudes políticas que también soy, me da más tristeza aún, si cabe, la imposición de semejante prohibición y la forma en que se ha llevado a cabo. En primer lugar, me llama poderosamente la atención un aspecto formal de la votación de ayer: los socialistas daban libertad de voto a sus diputados para que votasen en conciencia. Curioso, pero no seré yo el que critique ese punto, cuando soy un firme defensor de la responsabilidad individual de los diputados en asuntos de conciencia. No señor; lo que me asombra, y mucho, es que, muy poco tiempo antes, ¡los socialistas exigían unidad de voto en la “Ley del Aborto”! Me parece increíble que en un asunto de tan profunda trascendencia moral se exija disciplina de voto, para dejar luego libertad de conciencia en un asunto de importancia menor; al menos desde el punto de vista moral. Si no fuera por que el señor Montilla, al que todos creemos a pies juntillas, nos ha dicho otra cosa, pensaríamos que estamos ante una maniobra calculada para alcanzar la situación que, finalmente, se ha alcanzado. Gracias a la excusa no pedida del señor Montilla, nos quedamos mucho más tranquilos…
En segundo lugar, me produce un malestar urticante la prohibición. El hecho de que se
trate de una afición supuestamente minoritaria, no justifica, en absoluto, el veto a su celebración. Si fuera así, ¿qué deberíamos hacer entonces con la filatelia?, por ejemplo. Si eso fuera cierto, sería mucho más inteligente el dejar morir por su propia incapacidad de regeneración a la Fiesta de los toros. Tampoco se tiene en pie, para justificar la prohibición, la tan manida referencia al sufrimiento animal. Una vez más, y aunque levante muchas ampollas, debo decir que me parece impresentable que, el mismo que defiende que un niño en el seno materno pueda ser troceado y muerto, me diga que le da mucha pena ver morir a un toro a manos de un torero armado solo con un estoque y una muleta. Me parece un acto de cinismo supremo. Puedo respetar y entender que el espectáculo taurino hiera la sensibilidad de mucha gente, pero no la de aquellos que defienden la barbarie del aborto.
Como hombre de leyes que soy, la extrañeza que me produce la prohibición, alcanza ya el grado sumo. Primero porque, como ya ocurrió con el asunto del Estatuto, se maneja el tema de la “soberanía catalana” o la “voluntad del pueblo de Cataluña” con una ligereza pasmosa. Para dejar el asunto claro desde el principio, hay que decir que el único titular de la “soberanía popular” es pueblo español en su conjunto, al que
pertenecen de forma indisoluble todos los catalanes. Esto, lo dice la Constitución. Si la quieren cambiar, me parece muy bien que lo hagan, pero siguiendo las normas que nos hemos dado entre todos. En puridad, lo que decide el parlamento de Cataluña –todo- lo hace de forma delegada y no puede tomar, en solitario, decisión alguna que contravenga esa delegación. Por bajar la pelota al suelo y hacerme entender, diré que el parlamento de Cataluña tiene la capacidad de regular el espectáculo taurino –como puede regular también aspectos relativos a la sanidad- pero no tiene competencia para prohibirlo –como tampoco tiene competencia para prohibir la sanidad. Esto es lo que se desprende de la lectura artículo 149.1.28 de nuestra Constitución, donde se dice que “el Estado tiene competencia exclusiva sobre las siguientes materias: (…) La defensa del patrimonio cultural, artístico y monumental español contra la (…) expoliación; (…), sin perjuicio de su gestión por parte de las Comunidades Autónomas.
2. Sin perjuicio de las competencias que podrán asumir las Comunidades Autónomas, el Estado considerará el servicio de la cultura como deber y atribución esencial y facilitará la comunicación cultural entre las Comunidades Autónomas, de acuerdo con ellas.”
Si uno continua leyendo la Constitución de la Concordia, no sale fácilmente del asombro. Dice el artículo 46: “Los poderes públicos garantizarán la conservación y promoverán el enriquecimiento del patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España y de los bienes que lo integran, cualquiera que sea su régimen jurídico y su titularidad. La Ley penal sancionará los atentados contra este patrimonio.” La verdad es que no hace falta ser un genio para interpretar rectamente este texto. Como tampoco hace falta ser Tomás Moro para saber que lo que dice el artículo 44. 1, “Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho” es plenamente aplicable a la Fiesta de los toros.
Son muchos los artículos de nuestra Constitución que podría traerles hasta estas páginas para poner de manifiesto la ilegalidad de la medida votada ayer en el parlamento de Cataluña, pero no es el momento ni el lugar. Se abre ahora una larga batalla jurídica en la que algunos volverán a oficiar como víctimas. Nada más lejos de la realidad. La única víctima en este caso es la libertad. El único asesino, una vez más, el integrismo nacionalista intolerante.

Irás a donde a mi me plazca, por buen cantor que seas, y depende de mi caprich
Créanme, soy capaz de adivinar su sorpresa ante lo que hasta ahora les he escrito y que bien podría reflejarse con un “plagio modificado” de otro insigne escritor que pagó con su vida la actuación de la injusticia: “…¿Y a qué viene, ¡vive el Cielo!,/ cuando tan grande es mi duelo,/ esa conseja endiablada/ de la justicia pagada/ de ese Hernández y un heleno?….”
Bien saben todos los asiduos a estas páginas, las muchas veces que me he referido a la Justicia como una de las asignaturas pendientes más importantes de nuestra arquitectura institucional. No es posible que el garante de las libertades públicas, esto es la Justicia, esté permanentemente sometido al control y directrices de quien puede violar esas mismas libertades. Esto es, el Gobierno. Es en esa situación, cuando cobran pleno sentido los versos de Hernández: “… Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo,/ van por la tenebrosa vía de los juzgados…”
Un juez estrella es sorprendido por las posibles pruebas que se publican de su iniquidad. Ante tales acusaciones, la Justicia –esta vez con mayúsculas- comienza a instruir, porque, como nos dice una vez más Hesíodo, “…Llorando la Justicia persigue por ciudades y moradas a los hombres que tratan de rehuirla o torcidamente administrarla…”. Pues bien, ante algo tan simple como esto, que debiera ser dejado en las solas manos de los jueces, como se afana siempre en repetir con la boca chicha todo político que se precie, el Gobierno de la Nación, ayudado de sindicatos, rectores y actores, y una pléyade de personajes de la izquierda, inician una campaña general para presionar al Tribunal Supremo con el objeto de impedir que quien mal ha obrado, bien pague. Ni más, ni menos. No se tiene, entre tanto, el más mínimo recato para hacer todo tipo de referencias a lo más negro de nuestro pasado. Un pasado repleto de asesinos, donde por igual motivo y de igual manera se daba muerte a un Miguel Hernández o a un Pedro Muñoz Seca.
cimentado y engrandecido toda paz social: el reconocimiento del “otro” como parte misma del “yo”. Esa permanente referencia a los “otros” para reforzar “nuestros “ argumentos, va en sentido radicalmente contrario al esfuerzo común que presidió los años de la Transición. Años en los que algunos alzaban la voz con versos de Machado para romper el inmovilismo de los poderosos y desterrar la derrota permanente de una sociedad enfrentada, sin más armas que la ilusión y el esfuerzo: “…está el ayer alerto/al mañana, mañana al infinito;/ hombres de España, ni el pasado ha muerto,/ ni está el mañana -ni el ayer- escrito.”