28 de octubre de 1982

sábado, septiembre 20, 2008

Publicado en El Mundo para conmemorar la victoria del PSOE en 1982

Lo primero que me evoca esa fecha es ilusión. En los años inmediatamente anteriores, la política, en mi familia, se había convertido en sinónimo de disgustos y había supuesto un grave desgaste. Sin embargo, desde la dimisión de mi padre y, especialmente desde la creación del CDS -a lo que seguramente se unió mi mayoría de edad y con ello una participación personal mucho más importante-, todo se tornó en ilusión alrededor de ese nuevo proyecto. Una vez más, aunque no sin ciertas reticencias por parte de mi madre, mi padre había conseguido la complicidad de la familia y de un reducido grupo de amigos -entre los que destacaban muy especialmente Chus Viana y Agustín Rodríguez Sahagún- para volver a su verdadera pasión: la política.

Pocos saben lo reducido de aquel grupo inicial. Tanto, que el debate para decidir del nombre del naciente partido se inició con una propuesta de Chus Viana, cómo no, con cierto sabor vasco: “Susutxi”. Al ser preguntado por el significado de su extraña proposición, exclamó con aquella risa socarrona y contagiosa que le caracterizaba: “¡Pues qué va ser: Suárez y sus chicos!”. Bromas aparte, lo cierto es que la simpática propuesta no prosperó, pero sí aquel clima de intimidad e ilusión que marco la vida de aquella nueva etapa de principio a fin.

No es menos cierto que las elecciones se perdieron de forma abrumadora y que tan sólo mi padre acertó –por escrito y en un sobre cerrado- el número de diputados que el CDS iba a obtener: únicamente dos. Aunque años más tarde me confesaría que siempre mantuvo la esperanza de obtener un mejor resultado, aquel acierto ayudó mucho a superar la inicial decepción y a mantener la ilusión en el futuro.

González saluda desde el balcón

Hoy en día, muchos analistas señalan esa etapa política de mi padre como un error en sí misma. Y es posible que así sea. Pese a ello, todavía recuerdo con nostalgia largas conversaciones en casa argumentando la necesidad de que el Partido Socialista –que a buen seguro iba a resultar ganador en esas elecciones, o cualquier otro en el futuro, si el CDS no lograba una mayoría-, pudiese contar con un punto de apoyo moderado y de indudable lealtad institucional  que impidiese que sus Gobiernos acabaran siendo gravemente condicionados por extremismos y nacionalismos. Al final, las mayorías absolutas del PSOE, algunos errores propios y el renacer del PP, terminaron con aquellas ilusiones y otras, mucho más ambiciosas, nacidas al amparo de los magníficos resultados obtenidos en las generales de 1986.

Pero volviendo a la fecha que nos ocupa, no era yo el único ilusionado. Sería injusto dejar de reconocer que, en aquel momento, el Partido Socialista supo ilusionar a la sociedad española  y que su llegada al poder supuso una prueba de fuego para nuestra incipiente democracia que fue superada con nota. No es este el momento de analizar los grandes aciertos y los graves errores cometidos por los Gobiernos posteriores, pero es innegable que aquel cambio supuso el inicio de un gran salto sin retorno hacia la modernidad.

No quiero concluir este breve recuerdo que me solicita el periódico de aquella fecha sin volver la mirada, una vez más, hacía la ilusión de aquel pletórico Suárez por despejar el camino al Gobierno de turno de peajes –por no decir chantajes- provenientes de radicales y nacionalistas que, además, suelen ir de la mano. Hoy hubiera sido de gran ayuda a todos los españoles un partido de ese tipo. Pero aquello no fue posible y es de necios lamentarse. Debemos mirar al futuro con las lecciones del pasado bien aprendidas y, si bien es cierto que hoy en día es muy difícil que prospere un partido de esas características, no lo es menos que, como sociedad, si podemos y debemos exigir a nuestros políticos, especialmente a los que representan a los dos partidos mayoritarios, que sean capaces de discrepar sin que ello suponga la incapacidad de construir conjuntamente nuestro futuro.

Durante aquellos lejanos años, los hombres de la Transición discreparon, pero no lo suficiente como para ser incapaces de encontrar juntos las bases de un sólido y próspero Estado social y democrático de derecho bajo la forma de una moderna Monarquía parlamentaria que ha supuesto el más largo y próspero periodo de toda nuestra historia en paz y libertad. Esa es una de las grandes enseñanzas de nuestra convulsa historia constitucional: el secreto de la convivencia está en la mutua renuncia a nuestras exigencias máximas, hasta hacer nuestros programas compatibles dentro de un marco de respeto a la discrepancia.

Aquella, fue la ilusión que despertó al mejor Adolfo Suárez una vez más. Quizá sea bueno recordarla hoy. Quizá, sólo quizá, seamos así capaces de ilusionarnos de nuevo… y despertar.

¿Por qué dimitió Suárez?

miércoles, septiembre 17, 2008

Publicado en EL Mundo con ocasión del XXX aniversario de las primeras elecciones


Decía Luís Valls que, si querías mantener algo bien oculto, nada hay mejor que ponerlo en el escaparate. Quizá sea ese el origen su famoso “Repertorio de Temas”. Salvando las distancias, en lo que se refiere al asunto, algo parecido sucede con la dimisión de mi padre. Digo parecido, porque en este tema no había intención alguna de ocultar, todo lo contrario. Pocas cosas explicó más y mejor que aquella y ninguna aparece a los ojos de la mayoría de los españoles como más oculta, intrigante u oscura.

Se van a cumplir veintisiete años de aquel suceso y, desde entonces, no ha habido una sola charla, coloquio o conferencia mía en la que no haya sido preguntado por las verdaderas –y siempre ocultas- razones que le llevaron a dimitir. Hay también quien, sin preguntarse lo más evidente, se ha lanzado a publicar historias de todo tipo. Poco tienen que ver con la realidad esos cuentos de imposible encaje con la personalidad del propio Suárez.

Es uno de esos pocos sucesos históricos en torno a los que se produce un consenso casi unánime: nadie se cree lo que sabe. Y esto es más curioso todavía, si se tiene en cuenta que su protagonista goza de un crédito y respeto que no tiene político alguno en este país. Pese a ello, nadie le ha creído jamás en este punto concreto.

Hace ya algún tiempo, contaba en estas mismas páginas como el Rey y Adolfo Suárez planearon, en Segovia y por escrito, la estrategia a seguir cuando se cumplieran “las previsiones sucesorias”. Alguna de esas estrategias fue incluso desvelada ante el mismísimo Jefe del Estado de aquel momento. En cualquier caso, y fuera de anécdotas más o menos sabrosas, aquel plan tenía un presupuesto: “devolver la soberanía al Pueblo español” y una meta: “dotarle de una Constitución acordada por todos como norma básica del Estado”.

Quiero hacer hincapié en ese presupuesto: “devolver la soberanía al Pueblo Español”. En eso consistió la Transición política española. Esa fue su esencia y a ello se encaminaron todos y Suárez dimiriendocada uno de los pasos que se fueron dando. Remarco este hecho, porque nunca antes en nuestra historia –yo al menos no conozco antecedente- un Rey, habiendo recibido poderes “casi” absolutos, había devuelto, libremente, todos esos poderes a su pueblo. No faltará quien diga que no tenía más remedio. Pero se equivocará quien lo diga. Pudo haber hecho mil otras cosas que, a buen seguro, le hubieran llevado al desastre. Pero hizo lo que hizo, y se constituyó así en un ejemplo único. Si importante fue su actuación en aquel triste y a la vez glorioso febrero del 81, mucho mayor lo fue en aquellos cruciales, resbaladizos y vertiginosos años setenta. Sirvan estas líneas, en un tiempo de improcedentes críticas, de homenaje sincero y agradecido al mejor Rey de nuestra historia. El único que -en palabras de un exitoso “gurú” de las finanzas británico-, de entre todos los monarcas actuales, “aporta valor añadido” al Estado al que sirve y representa.

Con esto en la cabeza, entenderán por qué afirmo que la Transición, al margen de preparaciones y antecedentes más o menos remotos –que los hubo-, comienza cuando, tras aquel famoso “estoy en condiciones de dar al Rey lo que el Rey me ha pedido”, Suárez es nombrado Presidente del Gobierno y con él se inicia el camino hacia la aprobación de la “Ley para Reforma Política”. También entenderán que feche su finalización con la aprobación de la Constitución de la Concordia de 1978.

Es evidente que hay mil acontecimientos que merecerían todo un tratado durante aquellos años de 1979 y 1981, e incluso otros posteriores. Muchos de ellos fueron fundamentales y, aun hoy, siguen siendo pilares de nuestro sistema democrático. Quedaba por delante todo el desarrollo constitucional, pero la Transición, en sentido estricto, ya estaba hecha.

La vida política del país sufre, a partir de entonces, un cambio evidente en el fondo, en las formas, en las palabras, incluso en los gestos de todos los actores de la época y sobre los que podremos volver en otra ocasión. Para ilustrar mis palabras, que no buscan en modo alguno mayor gloria para nadie, baste repasar las intervenciones de mi padre durante las sesiones de la cuestión de confianza. Nada que ver con aquel empuje e ilusión del archifamoso “puedo prometer y prometo”…

A partir de ese momento se inicia un periodo de gestión de la “normalidad democrática” en el que Adolfo Suárez ya no se encuentra cómodo. Los protagonistas abandonan la generosidad y responsabilidad de la que habían hecho gala hasta entonces, empieza a desdibujarse el trazo de los “objetivos comunes” y los partidos políticos comienzan una nueva etapa en la que prima la búsqueda de su propia hegemonía.

Suárez sólo en el CongresoUna imagen vale más… (foto Mar Flórez)

Todo eso está muy bien, dirán ustedes, pero… ¿por qué dimitió su padre?… de verdad. Vamos a ello. En verano de 1980, tras la moción de censura y a las puertas de una cuestión de confianza muy arriesgada, Adolfo Suárez toma la decisión irrevocable de dimitir tras un complicadísimo “curso parlamentario”. Comienza a planear su ejecución y se encuentra con el primer gran dilema: convocar elecciones inmediatamente o buscar un candidato de consenso en el partido que pudiera agotar la legislatura. El transcurso de los años parece invitar a pensar que la decisión adoptada fue la correcta. En cualquier caso, aquella ejecución culmina con el discurso del Presidente del 29 de enero de 1981: “Me voy porque las palabras parecen no ser suficientes” y “no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España”. Con esas palabras se resumen exactamente los motivos de su dimisión.

Ha perdido de forma irrecuperable la confianza de unos barones del partido que no dejan de maniobrar contra él. Se ausentan de las votaciones, le consideran aferrado al cargo, incapaz de liderar y, por extraño que hoy parezca, algunos hasta le desprecian por su falta de una mayor formación académica e intelectual. Por eso dice :“me voy porque las palabras parecen no ser suficientes y es necesario demostrar con hechos lo que somos y lo que queremos”, añadiendo que “la continuidad de la obra exige un cambio de personas”. Sigue comprometido con el proyecto al que no quiere dañar y por ello pide expresamente el apoyo para aquellos que, siendo responsables de su caída, van a tomar las riendas. Es necesario dejar claro que digo todo esto sin la más mínima sombra de rencor, ni ganas de herir a nadie. La relación personal con la mayor parte de todos aquellos protagonistas se recondujo posteriormente; y, en cualquier caso, todo aquello es ya parte de la historia.

Suarez-SchmidtPor otro lado el PSOE ha desencadenado una feroz campaña –anunciada al propio Suárez poco antes por Helmudt Schmidt-  de “acoso y derribo” contra su persona, por verle como único impedimento –qué gran verdad visto con los ojos de hoy- entre ellos y la victoria electoral. Siempre aceptó la crítica, pero la descalificación personal no. “La crítica… es una necesidad… en un sistema democrático… pero… la permanente descalificación de las personas… no son un arma legítima”, llegará a decir en su discurso.

Pero no son los únicos. Se produce una extraña comunión de intereses, no sólo entre los grupos políticos anteriormente mencionados –hubo más-, si no también entre muy diversos e importantes sectores sociales y empresariales que viene a resumirse en una cruel e injustificada frase del momento: “o Suárez, o la democracia”. En esa tesitura, él tiene claro que no puede ser el impedimento para el desarrollo de las libertades por las que tanto ha luchado: “algo muy importante tiene que cambiar, y yo quiero contribuir, con mi renuncia, a que ese cambio sea realmente posible e inmediato.”

No sería justo silenciar aquí dos rumores bien extendidos. Uno, el de sus relaciones con los militares. Bien cierto es que eran muy tensas desde la legalización del PCE, pero de ahí a suponer que mi padre abandonara por la presión militar, es no conocerle e ignorar su valor y arrojo personal bien demostrado con militares, esta vez sí, armados, la noche del 23-F.

Suarez defiende a Gutiérrez Mellado

Respecto a su relación con el Rey, no he hallado jamás en las palabras de mi padre, o en las que he oído al Rey sobre mi padre, evidencia alguna en ese sentido.

Pero como digo, él sabe que su tarea ya está hecha y lo importante es “que se recobre la confianza… Para ello es preciso convocar al país a un gran esfuerzo. Es necesario que el pueblo español se agrupe en torno a las ideas, a las instituciones y a las personas promovidas democráticamente a la dirección de los asuntos públicos.”

Sé que hoy gozo de un gran cariño por parte de muchos de ustedes, y también soy consciente de que ese cariño es “delegado”: soy el vehículo para hacerlo llegar a su “legítimo titular”. Por ello pienso que, si no han creído durante todos estos años al legítimo titular de su cariño, y también de el mío, pocas esperanzas puedo albergar de que lleguen a creerme a mi hoy. En cualquier caso, les puedo asegurar y les aseguro –si me permiten la broma- que esas fueron, al margen de otros sucesos acaecidos, las verdaderas y “siempre ocultas” razones que llevaron a Adolfo Suárez González a dimitir, arropado por su familia en el Palacio de La Moncloa, aquella tarde clara del 29 de enero de 1981.

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