Doña Gratitud

miércoles, mayo 23, 2018

Artículo publicado en La Tercera de ABC el 19 de mayo de 2018

 

Hace unos días, hablando con su queridísima Isabel, me acordaba de nuestro inolvidable Mingote y de una magistral viñeta publicada en estas mismas páginas hace ya unos años. Como siempre, corrían días convulsos e inciertos por aquel entonces… y el genio, por enésima vez, plasmó en una sencilla ilustración el tema de aquellos días en los que mi padre acababa de cumplir 75 años y se habían publicado cosas de muy escaso valor sobre don Juan Carlos y él. Aparecían ambos sentados en el pequeño banco de un parque por el que paseaba una ligera y vistosa señora. A su paso, Su Majestad susurraba a mi padre: “¿Has conocido alguna vez la gratitud, Adolfo?” a lo que mi padre contestaba: “Pues, Señor, como no se llame así esa señora que acaba de pasar de largo…” Lejos de las malintencionadas interpretaciones de algunos, disfruté mucho con Mingote charlando de aquel asunto y lo esquiva que suele ser tal señora, como bien sabían ambos personajes…

La gratitud, es cierto que no es virtud corriente; ya decía mi abuelo: “Qué raro es que Fulano hable mal de mí, ¡nunca le he hecho un favor!”. Bromas aparte, debo decir que, sin ser corriente, es la gratitud una de las más delicadas y sublimes virtudes que pueda una persona atesorar; y lo es porque, para ser sincera, debe nacer de una profunda humildad: el reconocimiento de haber recibido algo y que, especialmente cuando se trata de ayuda, ese algo, no lo puedes alcanzar por ti mismo, solo, o tan fácilmente. Ese reconocimiento a favor del donante, aun deseando hacerlo, no siempre se puede materializar; de hecho, en la mayor parte de las ocasiones, nunca tendremos la oportunidad agradecer a nuestro benefactor lo que hizo por nosotros. Este hecho nos obliga a pagar esa “deuda de gratitud” de una forma alternativa y, seguramente, mucho mejor; pues no encuentro mejor forma de agradecer una ayuda que ayudando a otros que sí están a nuestro alcance y que, a su vez, tampoco podrán pagarnos a nosotros, directamente, esa ayuda. Pero continuando todos de este modo, los unos con los otros, acabamos construyendo una maravillosa cadena de gratitudes que no es otra cosa que la historia misma de la especie humana y, me atrevería a decir, que de la vida misma. ¡Ojalá nadie rompiera esa cadena que debiera atarnos a toda la Humanidad! ¡Ojalá no oyéramos nunca ese: “yo no le debo nada a nadie”! Porque es rotundamente falso, empezando por la vida que disfrutamos y que constituye, en si misma, toda una oportunidad.

Pero, como en casi toda relación humana, intervienen en el acto de la gratitud dos partes. De un lado, el sujeto activo -el que da las gracias- y del otro, el sujeto pasivo -el que las recibe-. Y es esta última parte de la gratitud, la que me interesa hoy poner de relieve ante ustedes, porque sé que, desde una “humildad mal entendida”, muchas personas aborrecen que les sea agradecido todo aquello que hacen por los demás. Y digo “humildad mal entendida” porque no es soberbia lo suyo, nada más alejado de la realidad. Simplemente les da vergüenza, no creen merecerlo o, más equivocadamente todavía, no creen haber hecho nada excepcional.

Pues déjenme decirles que saber recibir la gratitud que nos ofrecen es también un acto de sublime humildad y delicadeza, cuando la vida te presenta tal oportunidad. Por un lado, porque se permite al sujeto agradecido -que se siente en deuda con nosotros- ofrecer una muestra de su reconocimiento. Por otro, por permitir “pagar”, en cierta medida -la de sus propias capacidades-, esa “deuda” contraída; por mucho que no sea cierta a los ojos de quien le favoreció.

Por eso creo que es bueno y necesario hacer un verdadero esfuerzo -sin alharacas y solo si se presenta la ocasión- para permitir que aquellos que se sienten agradecidos puedan descargarse de esa deuda inexistente. Y digo inexistente, porque nadie debería guardar cuenta ni de ofensas recibidas, ni de favores realizados. En cualquier caso, tampoco será una descarga real, porque la gratitud, la gratitud sincera, forja un vínculo indisoluble, un eslabón entre dos almas que se van sumando a otras muchas: aquellas que van formando esa cadena de la gratitud, esa cadena de la vida que les mencionaba al principio.

He creído que hoy, un día cualquiera del año, era un buen día para, desde estas páginas en las se publicó aquella viñeta, decirles a los que nos paran a mis hermanos y a mí, todos los días del año, con la intención de agradecernos la labor que, por España, hizo nuestro padre, que recibimos con profunda humildad y legítimo orgullo esa gratitud que se nos ofrece. Es posible que, por prudencia o por torpeza, no sepamos mostrarlo adecuadamente en algún momento concreto, pero es así. Y lo hacemos desde el profundo conocimiento de nuestro padre, quien siempre nos dijo que su labor no merecía gratitud alguna, que ya estaba pagado al haberle sido dada la oportunidad de hacer lo que más le gustaba en la vida. Todo lo que hizo, a partir de ahí, se lo debía él a España.

No seré yo quien enmiende la plana a mi padre, pero debo decirles también que, en este punto, me uno a todos ustedes para dar las gracias a ese hombre de bien, a ese político tan chusquero como grande. Con una pequeña diferencia: a lo que le “deben” todos ustedes como españoles, nosotros, como hijos suyos, debemos unir una lista interminable de cosas que, ni la extensión de este artículo, ni la discreción debida, permiten. Baste decirles a todos ustedes que agradecemos de corazón su cariño hacia esta familia y…  a ti, papá, gracias por todo. Quiero que sepas, allá en tus alturas, que aquí, en tu querida España, en esa en la que tantos se empeñan en cubrir con mensajes negativos, la gratitud sí existe, aunque no sea siempre ni tan pronta, ni tan ligera como aquel día que la visteis pasar de largo…

Con mi profunda gratitud y admiración hacia el maestro Mingote.

 

 

 

Prisión Permanente Revisable

jueves, enero 18, 2018

Artículo publicado en La Tercera de ABC el 12 de enero de 2018

 

Hace más de diez años que vengo defendiendo en los medios de comunicación, y allá donde he podido, esta figura penal. Incluso antes de que nadie la llamara de esta forma. Mucho antes de que mi partido la asumiera como propia. En solitario y en compañía de ilustres juristas. Una de las primeras veces que publiqué sobre ella, proponiendo el nombre que hoy ostenta, fue a raíz de la excarcelación del canalla de De Juana Chaos. Desde entonces, muchos han sido los casos de criminales que, desgraciadamente, han venido a ratificar uno de los hechos que con más fuerza reclaman penas de esta naturaleza: la incapacidad de ciertos delincuentes para reinsertarse. Una incapacidad que no proviene de un trastorno mental insuperable, sino de una falta absoluta de arrepentimiento y empatía con las víctimas.

El argumento más utilizado para rechazar esta pena, tan legal como constitucional, es el del derecho a la reinserción de los presos. Un mantra utilizado como si el Estado tuviera la obligación ineludible de reinsertar al preso con independencia del preso mismo. Sería bueno que, quienes esto argumentan, entendieran bien un matiz de capital importancia: la reinserción es un derecho del reo, no una obligación del Estado, ya que nadie puede obligar a otro a reinsertarse sino quiere. Al Estado sólo se le pueden exigir las medidas materiales necesarias para que el sujeto de tal derecho pueda alcanzar la consecución de ese fin, pero corresponde al reo, y sólo al reo, demostrar de forma inequívoca que es capaz de reincorporarse pacíficamente a la sociedad y merecedor de la libertad perdida tras las gravísimas e injustas agresiones que provocaron su condena. Pocos países en el mundo tienen un sistema más garantista con el preso que el nuestro o mejores cárceles.

La figura que contempla hoy nuestro código penal es bastante más benévola que la que yo he defendido siempre y para menos casos. Se podría incluir, por ejemplo, el caso de políticos corruptos, para que no abandonasen la prisión hasta que cumplieran su pena y, además, reintegrasen las cantidades robadas. Por ejemplo.

 

Pero dejando al margen matices como ese, lo que resulta innegable, es que no hay nada de crueldad ni de

vejación o conculcación de derechos fundamentales en la privación de la libertad a sujetos sobre los que se tiene la certeza de su reincidencia. Casos como el muy reciente de Diana Quer vienen a demostrarlo una y otra vez. La única crueldad y la verdadera vejación es la que reside en el interior de la cabeza de estos desalmados, a las que dan rienda suelta tan pronto se ven libres y tienen oportunidad de abalanzarse sobre una nueva víctima.

 

Por otro lado, siempre me ha causado mucha sorpresa que un parlamentario se pueda abstener en una votación. No soy capaz de imaginar un solo asunto sobre el que un representante electo no pueda comprometerse con un sí o un no, ante sus electores, sobre un determinado proyecto o propuesta sometida a votación en la Cámara. Mucha más sorpresa me causa ver a parlamentarios que se pasan el día intentado pescar en los revueltos caladeros de votos del Partido Popular –con una cierta pasividad nuestra, dicho sea de paso-, se hayan abstenido en la votación para abolir la prisión permanente revisable, permitiendo que el PSOE, unido a la oposición radical de izquierdas y a los nacionalistas vascos, tumben la única pena de todo nuestro ordenamiento jurídico capaz de garantizar que asesinos y violadores de la peor especie no tengan acceso a sus víctimas. Esta sociedad debiera tomar nota de cómo usan la representación concedida algunos de sus representantes políticos.

 

Tampoco se trata de legislar en caliente –otro peregrino argumento, pues ya está en vigor- sino de dar respuesta contundente a asesinos como De Juana Chaos, los de las niñas de Alcasser, el de Mari Luz, el Violador del Ascensor, el que mató a sus propios hijos con una radial –primer condenado a esta pena-, el Chicle y un sin fin de inmundos personajes de la misma calaña. Entre las atrocidades del primero y el último, han pasado decenas de años. Tiempo suficiente para pensar, con toda calma y precisión, una respuesta tan definitiva como requiera la pertinacia de sus conductas. Porque, como bien exige el Tribunal Constitucional, no se trata de una condena indefectible, sino de una pena revisable en función de la evolución de las circunstancias de cada reo.

 

Por último, quiero mencionar que, hace pocos días, alguien a quien respeto mucho (Tomás Llorens), argumentaba en contra, citando a Stuart Mill, de la siguiente manera: “La libertad humana, exige libertad en nuestros gustos y en la determinación de nuestros propios fines para trazar el plan de nuestra vida según nuestro propio carácter y para obrar como queramos, sujetos a las consecuencias de nuestros actos”, para inmediatamente decir: “Pues bien, la prisión permanente (revisable) aniquila para el condenado precisamente esa posibilidad de trazar su plan de vida aceptando las consecuencias de sus actos, es decir, su autonomía moral”. No puede ser más contradictorio. En España, esa libertad para trazar el propio plan de vida, está plenamente garantizada por nuestra Constitución de la Concordia de 1978, pero si es cierto que, como el historiador mismo dice, también exige aceptar las consecuencias de los propios actos; y eso conlleva que quien no es capaz de vivir en libertad porque mata y viola atrozmente y, además, no es capaz de reinsertarse, asuma que existe una pena acorde a su barbarie. Para ese tipo de asesinos es para quienes esta sociedad, muy lejana ya a ningún régimen antidemocrático, reclama mayoritariamente y a gritos, el mantenimiento de la prisión permanente revisable. Una pena, la única, que, respetando la vida del reo, nos permite también mantenerle lejos de sus potenciales víctimas, personas inocentes que, estas sí, verdaderamente merecen poder trazar sus planes de vida en libertad y aceptar las consecuencias sin causar daño a nadie; y sin que un indeseable, rabioso y conocido delincuente, venga a arrebatarles la vida y algo más.

 

 

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