Leopoldo Calvo-Sotelo

martes, febrero 17, 2009

Homenaje al Presidente Calvo-Sotelo en Cuenta y Razón

Se me pide desde esta prestigiosísima revista que edita la fundación creada por uno de los mejores amigos de mi padre, que le “sustituya”, por razones de todos conocidas, en la tarea de rendir cumplido homenaje al recientemente desaparecido Leopoldo Calvo-Sotelo.

A la vista de la enorme diferencia entre “sustituto” y “sustituido”, no puedo aceptar semejante encargo, pero tampoco puedo dejar en blanco las páginas de elogio tan merecidamente ganadas que se brindan a Suárez. Permítanme, por tanto, esta breve incursión con la sola intención de acompañar, en nombre de la Familia Suárez, a todos los que se han sumado a esta iniciativa.

Quizá lo más importante para mi hoy, sea el resaltar la profunda amistad que unió a estos dos grandes personajes. Una amistad entre dos personas diametralmente opuestas, pero que se fundamentó en un profundo respeto mutuo y que se consolidó, cómo no, a través la superación de las múltiples discrepancias que fueron surgiendo a lo largo del camino que juntos recorrieron. Todo ello desembocó en un enorme cariño del que fui testigo de excepción en los últimos años. Si me permiten la broma, les diré que una de las cosas que más les unió siempre fue la profunda antipatía que ambos sintieron por un tormento que sufrieron en común: Giscard d´Esteing. Ex presidente francés de infausto recuerdo para todos los españoles.

En lo que toca a la labor conjunta, debo decir que mi padre siempre encontró en Leopoldo un leal colaborador. Un colaborador que enriqueció el debate con un criterio personal, defendido con tanta firmeza como brillantez. Por ello, y por otras muchas razones que la discreción debida me invita a callar, Leopoldo merece ser recordado por todos los españoles como uno de esos hombres que, dirigidos por Su Majestad El Rey, devolvieron la soberanía al pueblo español, abriendo el periodo más largo de paz y prosperidad de toda nuestra historia.

Suarez-LeopoldoMi padre aplaude a Leopoldo tras su elección en febrero de 1981

Ya como presidente del gobierno, le tocó vivir un tiempo especialmente convulso, marcado por un golpe de Estado perpetrado durante la votación de su investidura. Pese a ello, siempre dejó constancia de su prudencia y sentido común. De su mano llegó  España a la integración en la Alizanza Atlántica. Una integración a la que se oponía mi padre, por entender que debía ser el “arma de presión” para lograr nuestra previa incorporación a la CEE, a la que se oponían países como Francia. Hoy, es justo reconocer que logró esa integración y puso las sólidas bases para que, tres años después, se pudiera firmar el Tratado de Adhesión a la CEE.

He sido objeto de críticas por decir que Leopoldo ha sido, sin duda, el presidente del Gobierno de mayor talla intelectual de nuestra reciente democracia. Quiero hoy reafirmarme en lo dicho. En nada ofendo a mi padre al señalar la superioridad de Leopoldo en este campo. Cada una de las personas que han tenido el honor de presidir los sucesivos Gobiernos democráticos de España desde 1978, poseen una característica que les hace sobresalir y marca su personalidad. En el caso de Leopoldo Calvo-Sotelo esa cualidad era, sin duda, su altísima capacidad y preparación intelectual.

Tal capacidad se ponía de manifiesto en todas sus apariciones públicas y brillaba con especial intensidad en los debates parlamentarios, donde se reveló como uno de los mejores parlamentarios que han intervenido en la Carrera de San Jerónimo.

También se hacía presente esa inteligencia, cómo no, a la hora del humor –no en vano quizá sea ese el reino más propicio para la inteligencia serena-. Su fina ironía inundó el hemiciclo constantemente, donde, amarrándola bien al respeto, firmó sentencias que todavía hoy se recuerdan, como aquel famoso “convencido… pero nada convincente”.

He tenido, a lo largo de estos años, la oportunidad de disfrutar, junto a su querida Pilar, de muchos momentos de charla. He llegado a ser el blanco de esa fina y afilada ironía cuando he discrepado con él -divertidísimamente, por cierto- acerca de mi desbordante pasión por el campo, en nada compartida por él.

Pero si grande fue el político, su verdadera grandeza residía en el hombre. Se ganó –no sin cierto merecimiento- fama de hombre frío y distante. Pero…¡qué lejos de la realidad se encuentra la apariencia! He sido testigo del dolor de dieciocho nietos por la muerte de un abuelo que vivía entregado a ellos y a toda su gran familia. Esa fue, sin duda, la mayor de sus obras.

Este indigno sustituto, no debe alargarse más, por ello, en mi nombre y en el de toda la familia Suárez, dejo constancia de mi admiración y respeto hacía la figura de Leopoldo Calvo-Sotelo, me sumo a este merecido homenaje y, desde una misma Fe compartida, le deseo la paz y la vida eterna que siempre esperó, y me permito pedirle a él que, desde ese Cielo que a buen seguro habita ya, siga siendo el leal servidor que siempre fue del interés común de todos los españoles.

suarez-y-cavo-sotelo1En el último desfile de las Fuerzas Armadas… juntos. 2003

Una respuesta a “Leopoldo Calvo-Sotelo”

  1. Dos seres humanos excepcionales. Dos grandes políticos. Dos buenos amigos. Tanto el artículo como las fotos me producen una tremenda nostalgia. Aquellos maravillosos años…

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