Unidos por el arte

miércoles, febrero 4, 2009

Unidos Por el Arte

Pocos grupos de comunicación, si es que hay alguno, han realizado una apuesta más decidida y comprometida por el mundo de los toros, entendido como forma de expresión artística única, semejante a la que ha realizado la cadena SER desde sus mismos comienzos. Es para mi, como aficionado práctico y parte activa de este maravilloso mundo, un motivo de gratitud profunda que exige una respuesta igualmente decidida y comprometida.

Está en nuestras manos, y en las de nadie más, el futuro de este que es el espectáculo más singular de toda la Tierra: bailar a muerte con un toro. Pero no de cualquier manera, hay grandes exigencias artísticas, técnicas y ganaderas a seguir para que ese espectáculo sea verdaderamente excepcional y digno de reconocimiento.

Bailar a muerte con un toro, que eso es torear, tiene una verdad incontestable tras de si: la muerte. Pero ello no es sino la dificultad que la hace única y que impide a aquellos que no están dispuestos a morir ser parte protagonista de esta manifestación artística ancestral, centenaria y mítica. Pero la esencia no es la muerte, sino el arte, esa capacidad del hombre para crear sentimientos en el albero al hilo una coreografía inmediata, brillante, efímera y exclusiva bailada sobre la cuerda floja que se tiende entre los dos pitones de un toro bravo.

Como decía la principio, está en nuestras manos el futuro de nuestro arte, un arte que nos exige un toro íntegro, un torero puro –con independencia de su estilo- y un público formado, informado y exigente.

Me sumo desde aquí a esa noble apuesta, felicito a los promotores de esta nueva iniciativa y, cómo no, les deseo a todos una gran temporada 2009.

¡Nos vemos en el ruedo!

Un niño en La Moncloa

domingo, enero 25, 2009

Artículo publicado en El Mundo

Corrían los primeros días de un frío mes de diciembre allá por 1976, cuando entraba yo, por primera vez, en La Moncloa. Llegaba con un día de retraso sobre el resto de  la familia, en una silla de ruedas, recién operado de apendicitis y con tan sólo doce años de edad. Sin embargo, no era aquella la primera vez que pisaba una residencia oficial; ya en el año 68 había vivido esa inusual experiencia en el Gobierno Civil de Segovia y venía de corretear, tan sólo unos días antes, por los pasillos de la Secretaría General del Movimiento. Por aquel entonces, ya estaba acostumbrado a ser el hijo de un hombre relevante. No era, por tanto, aquella situación algo absolutamente excepcional para mi… pero no dejaba de ser algo nuevo e importante.

Y como ocurre siempre en esta vida, las novedades pueden convertirse en un calvario o en una fuente de oportunidades para crecer. Mentiría si negase que Moncloa marcó mi niñez y el resto de mi vida con una profunda huella. Allí, además de mi particular transición a la adolescencia, viví momentos absolutamente extraordinarios hasta el mismo día de mi marcha, poco después del fallido golpe de estado del 23 de febrero de 1981.

Entre aquellos muros empecé a ver con ojos nuevos un mundo antiguo. Recorrí sus jardines con la ilusión de un pequeño aventurero. Probé furtivamente los primeros humos de un cigarro y comencé a forjar una extraordinaria relación con aquellos hombres misteriosos y armados; unos marrones, otros de pesadas capas verdes y tricornio que velaban por nuestra seguridad. Una relación de admiración y gratitud, forjada garita a garita, y que, a pesar de grandes pruebas, no se iba a romper ya.

adolfo-suarez-illana-1Recién llegado a Moncloa en 1977. EFE

Aprendí a confiar en mi padre frente a la avalancha de severísimos e injustos ataques. Empecé a reconocer la amarga cara de la traición, la maliciosa dulzura del halago no merecido, el estruendo de las bombas asesinas y un sin fin de situaciones anormales para un niño de esa edad. A Dios gracias, todo aquello, no hizo sino fortalecer la relación con mis padres –ambos- y, cómo no, a mi mismo.

Sería injusto reconocer que, junto a todo lo dicho, llegaron también mieles. Se me abrieron muchísimas puertas; puertas que permanecen cerradas a cal y canto para la mayoría de la gente. Es más, todavía hoy, el esfuerzo ímprobo de mi padre durante aquel tiempo, me las sigue abriendo. A mi y a todos los españoles. Viví y vivo bajo el enorme peso y el tremendo orgullo de pertenecer a una familia extraordinaria en todos los sentidos. Una familia que me impuso desde el principio la obligación de reconocerlo y el deber de aprovecharlo.

Recuerdo aquellos años con gran cariño y gratitud pero, como todos, llegarían a su fin, y con él, vendría otra dolorosa lección, por mucho que estuviera advertido: la salida. Pero eso, es tema para otra ocasión…

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